“Tenemos que hablar de Kevin”: la introyección del des-amor del entorno.

SI algo queda claro al visionar esta cinta es que ciertamente tenemos mucho de qué hablar. ¿Cómo se explica la ingente cantidad de actuaciones agresivas que cortejan a la sociedad de la opulencia y el  confort superlativo?

 Por chocante que parezca “l´enfant” de nuestros días  se encuentra adolecente del sostén obligado que debiera prestar el cuidador primario para permitir procesar las situaciones que exceden su capacidad psíquica. El predominio de las  relaciones parentofiliales de carácter simétrico (o peor aún, de simetrías invertidas)  dejan al hijo  en una  deriva pulsional, privándolo de su posibilidad de humanización.

En la era de  prevalencia tecno-comunicativa  la paradoja es  que en el ámbito interpersonal  decae la habilidad  por excelencia del ser humano, a saber, el uso intencional y reflexivo de la palabra. La cultura mass media prepondera  lo visible sobre lo inteligible, lo cual nos exilia  a la soledad electrónica  y a la deflación de todas  las interacciones domésticas. El hommo sapiens como animal simbólico corre el riesgo de involucionar hacia un exiguo  hommo videns (G. Sartori).

Existe  una necesidad imperiosa desde el inicio de la vida de comunicarnos y si no lo podemos hacer  por la sofisticación del lenguaje simbólico, la psique encuentra formas primitivas y evacuativas de declararse. Pero sólo podemos significar a través de la mirada de un otro primero que nos presta ese balbuceo inaugural (anterior a cualquier vocablo), que permite que la lengua se haga cuerpo y  por tanto el advenimiento real del hijo. La subjetividad surge al ser vistos y nombrados (espejados).  Es  esta operación la que permitirá el acceso al mundo del lenguaje, como eminentemente humano.

Cuando el cuidador no es suficientemente bueno (D. Winnicott), cuando éste no puede acomodarse a las necesidades psíquicas del hijo, cuando fracasa en  prestarse como receptáculo en un primer periodo de dependencia omnímoda, cuando la intrusión del que debiera cuidar es sorpresiva, pretérita o abrumadora se arruina  toda posibilidad de confianza y por tanto la capacidad de creer y crear,… concurre  en su lugar el odio.

Inocular amor como madre no es algo que pueda reducirse al mero instinto natural  (por mucho que surgieran los mitos en que se apoyan las revistas de bebitos). Requiere previamente la plasticidad de integrar los múltiples pliegues ambivalentes de la identidad, que nunca cesa de erigirse redondamente.

La película que os proponemos circunda y exhibe las consecuencias de estas ausencias.

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