¿Qué es un olivo?

Un olivo
es un viejo, viejo, viejo
y es un niño
con una rama en la frente
y colgado en la cintura
un saquito todo lleno
de aceitunas.

Rafael Alberti

 

Centro Sanitario de la Comunidad de Madrid inscrito en el Registro con el nº CS14438.

 

Este proyecto anhela rescatar el espíritu enfático y simbólico del olivo, figurando a través de este significante una manera de entender el encuentro humano que supone el hacer psicoterapia. Un árbol milenario que evoca el cambio, el retoñar de lo nuevo, el desarrollo y las hondas raíces de las que procedemos.

Bautizándonos como El Olivo anunciamos nuestra adherencia a un modelo humanista que deseamos impregne, como un aceite esencial, nuestro sentido y sentir de la profesión.

El olivo es un árbol de gran sentido alegórico en todo el Mare Nostrum. Reverenciado como uno de los árboles totémicos de la antigua Helade (junto con el roble).

Así el origen del olivo se explica a través de la intervención de Atenea (diosa de la justicia y la sabiduría, protectora de las artes y la literatura) en una colonia pretendida a la vez por el díscolo Poseidón. Entrando en rivalidad ambos por conseguir ser los protectores de la polis, Zeus intervino y estableció conceder el amparo de aquel territorio a quien fuera capaz de ofrecer la dádiva más provechosa para la humanidad.

Poseidón, con un poderoso golpe de tridente, consiguió que surgiera del suelo un brioso corcel, ardiente y feroz, ejemplo de vigor, con él que haría a los ejércitos invencibles.

Por su parte, Atenea hizo brotar el primer olivo de donde se obtendría el aceite, alimento del pueblo, fuente de luz, símbolo de la abundancia, remedio para las heridas y óleo de unción. Ante tales donaciones, los dioses del Olimpo no pudieron sino dictar sentencia unánime en favor de Atenea, convirtiéndose en la deidad patrona de los atenienses, a quien en su honor pusieron nombre a la polis.

Un olivo creció en la tumba del propio Adán. Una pequeña rama llevada en el pico de una provisoria paloma anunció a Noé el principio del resurgir del mundo vivo, siendo el Olivo la única especie vegetal que no sucumbió al diluvio.

Jesús de Nazaret, entró en Jerusalén y fue recibido con palmas y ramos de olivo, lloró en el huerto de olivos ante la proximidad de su muerte que se consumaría en una cruz de olivo.

Virgilio en la Eneida refiere cómo Eneas cuando llega a la región del río Tiber es preguntado por Palante, hijo del rey Evandro, si sus intenciones son pacíficas o viene a hacer la guerra. Eneas responde con una rama de olivo que le muestra desde la popa de su barco. Orestes hace lo propio al dirigirse a Apolo como suplicante.

Los vencedores en los juegos olímpicos griegos eran coronados con ramas trenzadas de olivo, árbol sagrado de la Acrópolis, y se les concedían toda la cosecha de aceite que se obtuviera en las plantaciones del Ática.

El árbol por su grandeza y longevidad es el símbolo de la regeneración perpetua, el crecimiento y la vida en su sentido dinámico; en cuanto es vertical, brota, pierde frutos y los recupera ; muere y renace innumerables veces en su devenir continuo. Representa la unión entre el cielo y la tierra, pues sus ramas alcanzan la altura que ningún otro ser vivo logra, mientras sus raíces se encuentran bien apuntaladas a la tierra, que es la que le provee sustentación. Es así como el intermediario entre ambos mundos, lo eterno y lo efímero, representa el ciclo de la vida y el “eje del mundo”.

El olivo crece profundamente arraigado al subsuelo y aspirando ascender a lo alto. Su tronco agrietado y grueso soporta impávido el viento enérgico, la tormenta y la pujanza del sol. Se nutre de la tierra, el aire, el agua y la luz solar. A su vez, le da a la tierra su alimento en forma de olivas y ramas, manteniéndola para que sea fértil. En armonía con el medio todo lo da y todo lo recibe. Si se prende fuego, da calor. Si es tallado, da asiento y cobijo. Vive en un ciclo eterno de dar y recibir. Participa del medio, siendo uno y parte de todo, en confluencia.

El Olivo nos remite a las raíces familiares, el devenir remoto que arrastramos, nuestro pasado en el impulso de quienes somos; un tronco cuya conformación evoca nuestra configuración humana, consistente y firme, y a la vez habitada de irregulares surcos y portentosos matices; unas ramas que personifican nuestro intercambio perenne con el mundo, el contacto, los frutos, el aceite que suministran las relaciones y a su vez nos recuerda con el continuo flujo del dar y recibir.

Sonreír con la alegre tristeza del olivo
esperar, no cansarse de esperar alegría
Sonriamos, doremos la luz cada día
en esta alegre y triste vanidad de ser vivo.

-Miguel Hernández-